Un cuento del reino de las hadas...

 
 
 

De azul púrpura se sonroja el pequeño camaleón, camuflado entre las ramas de un abedul sereno. Y el sol se posa en las alas de un colibrí que es musa de pájaros venidos del sur. El malva fulgurante de un fruto maduro añade tonalidades vivaces a un árbol que en su tronco alberga millones de enredaderas. Y de mármol, el castillo, se eleva en el horizonte. Sus habitaciones cargadas de tapices, ornamentos, sillones y ecos de ruecas abandonadas.

Por el jardín salta una bella ninfa serena, que a la escena se asoma y juega con los faunos y se confabula con las estrellas y convoca un concilio de sirenas que al río han llegado desde el profundo mar.

Caprichosa, se le antojan fresas en noviembre y cerezas en abril. Graciosa, dibuja un arco iris rosa en el cielo añil. Cansada, duerme y se embaraza de sueños que nacen de su vientre henchido de felicidad.

Y curiosas las cotillas estrellas,  chisporrotean en el cielo negro. Y es Venus la que más brilla y es Saturno el que más ríe. 

Delicada, la graciosa ninfa de oro y plata se despide de las sirenas. Y hoy, en la cueva, el fauno la espera con un beso de miel para cumplir una promesa. Y así traerle fresas en noviembre y cerezas en abril y hasta la estrella polar envuelta en millones de versos...

Y no es más que el preludio de otra hora en el país de las verdes flores y los amarillos susurros. Allí donde la chimenea encendida abraza un fuego rojo que cruje con vida y quema lento y los niños canturrean canciones ancianas y los almendros florecen todo el año y danzan alegres seres entre las ramas de un sauce y se abandonan a ninguna suerte las ruecas de las brujas malvadas...