He cogido el teléfono para llamarte, y después de dudar, he decido dejarlo
en el mismo sitio para escribirte una carta de las que encontrabas escondidas
debajo de tu cojín.
Gracias, empiezo dándote las gracias por ser cómo eres. Por tu dedicación, por la manera en que te entregas, por olvidarte del cansancio, y hasta de ti, para volcarte en mil atenciones hacia nosotros.
Siempre has sido tú. Siempre. Quien ha sabido con tan solo contestar en el portero cómo estaba. La que me ha enseñado a ser fuerte, la que me regaló sus ojos para que yo los vistiera, la que ha estado ahí en cada paso vigilando de cerca que no tropezara, la que me ha agarrado de la mano cuando he caído, incluso cuando no comprendía qué era caer... Incluso entonces.
Te miro, y me parece mentira que el tiempo nos haya llevado hasta la edad que tienes ahora, que a mí se me antoja suspendida en tus cuarenta y tantos.
Y me doy cuenta de que me esfuerzo a menudo para ser tan impresionante a tus ojos como tú lo eres a los míos, compensarte por todo el amor que me das y por la lección de vida que recibo, en cada pequeña cosa, a cada minuto.
Nacer de ti fue mi primer regalo en esta vida y el reto de no decepcionarte es la meta que me propongo para ser mejor cada día.
Te quiero, mamá... Hoy tenía la necesidad y las ganas de decirlo y dejártelo escrito en mi ciberdiario. Para que lo leas cada vez que no pueda susurrártelo. Aunque lo sienta a menudo, incluso en los minutos perdidos de las horas que no importan en esta loca vida. Porqué te encuentro ahí fuera, en el mundo, con todo el amor y en todo lo que tú me enseñas...